Un mendigo apalea a otro por su puesto en la puerta del Eroski

Lo vimos hoy en La Voz de Galicia.

La víctima, de 59 años, se recupera en el Chuac de una fractura de cadera. Vecinos del barrio tratan de recaudar fondos para ayudarle.

«Tengo miedo, prefiero no revolver el asunto, me amenazó mucho, me dijo que ya me esperaría de noche, que sabía dónde vivía», cuenta R.M.M., que prefiere mantener el anonimato. Tiene 59 años, un cáncer y, desde el sábado, la cadera rota por obra y desgracia de la mala miseria.

Como siempre desde hace cuatro meses, aquel día acudió a su cita con la solidaridad a la puerta del Eroski de Matogrande. «Llegué allí tres semanas después de que abriese, nunca antes había pedido, me daba mucha vergüenza porque mucha gente me conocía, pero antes de meterme a hacer cosas raras… qué iba a hacer yo», se excusa desde su cama en el Hospital A Coruña.

A media mañana del sábado, llegó a su lado otro compañero de limosnas al que nunca antes había visto, aunque él mismo le dijo que era hermano del joven que también estiraba la mano en la puerta de otro establecimiento cercano. Todos los clientes del supermercado dejaban caer las monedas de su lado y el recién llegado decidió resolverlo a golpes. «Me dijo que me fuera, en el momento en que vio que me daban solo a mí, se revolvió; sentí un golpe en el hombro y ya me tiró al suelo», recuerda.

Asegura José Ignacio, un empleado del súper, que «lo empujó y ya en el suelo lo pateó». Las cajeras salieron a ayudarlo con la misma rapidez con la que el agresor echó a correr. R.M.M. pensó que era un mal golpe, aunque pasajero. Pronto se dio cuenta de que no podía apoyar el pie. Una ambulancia lo llevó al Chuac, donde el diagnóstico, además de golpes y contusiones, fue claro: fractura de cadera.

La policía no tiene constancia del caso. «No, no denuncié, me da miedo», repite mientras agradece que desde el hospital «me van a echar una mano, van a ponerme una asistenta social y a intentar que me den algún tipo de ayuda». No puede moverse y casi con pudor confiesa estar solo en el mundo. Un matrimonio deshecho, un despido sin liquidación por cierre y el paro acabado lo condujeron a la mendicidad con la velocidad que la enfermedad le robaba la vida a kilos. «Pesaba 97 y estoy en 48», dice.

En el barrio, las penalidades del hombre «educado, aseado, siempre dispuesto a ayudarte con las bolsas, a vigilar a los niños o a agarrarte el perro mientras hacías la compra», cuenta una vecina, no han pasado desapercibidas. Clientes del súper lo han echado en falta a la entrada del Eroski y alguno incluso ha llamado ya a varias puertas para tratar de organizar algún tipo de colecta y echarle una mano. «No me meto con nadie, ni tampoco insisto, no fuerzo, pero la gente ahí siempre me ha tratado muy bien -resume R.-. Gracias a ellos volví a comer caliente, yo les tengo un agradecimiento muy grande y cuando los vea se lo diré».

La sordidez también habita en la pobreza. Pocas limosnas le esperarán al agresor…

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